SE COMPRA TALENTO

Por Manuel E. Yepe*

La sarcástica afirmación de que “el dinero no hace el talento: ¡lo compra hecho!”, refleja jocosamente una triste realidad que late en el tan manido tema de la emigración de profesionales, en su acepción de “robo de cerebros”.
Entre los procesos migratorios internacionales se identifica como robo, drenaje o fuga de cerebros el que se refiere al éxodo de capital humano de un país, generalmente menos desarrollado, que tiene consecuencias muy marcadas, tanto para los países emisores como para los receptores de los migrantes.

Fue a partir de la década de los 50 del siglo pasado que este fenómeno comenzó a adquirir notoriedad por los evidentes perjuicios que representa para los países subdesarrollados, que forman los talentos que requieren para su desarrollo mediante enorme esfuerzo económico cuyos frutos se frustran al ser captados por las naciones de gran desarrollo.

Aunque algunos pretenden verlo como un hecho natural determinado por las ansias de movilidad social ascendente de los jóvenes profesionales de los países del Sur que no encuentran respuesta en los marcos de sus propias sociedades, es preciso tener en cuenta otros factores que lo condicionan, como las políticas de atracción que diseñan los países desarrollados.

Algunas sociedades emisoras, para contrarrestar la seducción, han ensayado políticas para la protección de su capital intelectual que abarcan, desde medidas que pretenden desalentar la salida del país de tales recursos humanos y otras para atraerlos a regresar una vez que han emigrado, hasta estrategias que se proponen el retorno del conocimiento, ya que no de las personas.

Este último criterio apela al aprovechamiento de los vínculos familiares, las amistades dejadas y la nostalgia de los emigrados -constituidos en diáspora-, como fuente de rescate de los conocimientos sustraídos al país.

Los programas utilizados para frenarla no han modificado en lo absoluto el comportamiento del fenómeno, cuya gravedad crece de año en año y que ya muchos consideran piedra angular del agravamiento del desarrollo desigual y la asimetría Norte-Sur.

De los 150 millones de personas que en el mundo participan en actividades científicas y tecnológicas, el 90% se concentran en las siete naciones más industrializadas. Una elevada proporción de ellos son emigrantes de los países eufemísticamente llamados “en vías de desarrollo”.

América Latina tiene las tasas de migración más altas del mundo y los profesionales constituyen la mayor parte de ellos, salvo en los casos de los que emiten las naciones de América Central y México.

Según estudios de las Naciones Unidas, el 83 por ciento de los graduados de la Universidad de Guyana y más del 60 por ciento de los graduados de las universidades de Haití, Jamaica y Trinidad y Tobago viven en países industrializados.

El Caribe insular posee, con relación a la población de sus países, las tasas más altas de emigración calificada del mundo.

Más del 20% de las enfermeras especializadas y el 3% de los maestros (unos 500 educadores) emigran de Jamaica cada año, por citar un ejemplo.

Los pequeños países de África, el Caribe y América Central han perdido a través de la migración más del 30% de su población con educación superior.

Según valoración del Centro de Estudios de Migraciones Internacionales de la Universidad de La Habana, con el desarrollo de la globalización económica, crecen las diferencias entre países ricos y pobres, y se acentúan las condiciones que promueven la migración de profesionales. La globalización de los medios de comunicación conduce a la homogeneización de aspiraciones y valores porque crea en los países pobres expectativas de estilos de vida y pautas de consumo propias de sociedades desarrolladas, lo que propicia las decisiones migratorias.

La reforma inmigratoria que se esta debatiendo en el Congreso de los Estados Unidos, en cualquiera de las variantes que defienden las partes, incentiva la fuga de cerebros de los países subdesarrollados porque es obvio que todos los que allí tienen capacidad de decidir responden a los intereses hegemónicos de la superpotencia, algunos con menos y otros con más miramientos éticos.

Se contempla un sistema de admisión de inmigrantes por puntaje en el que los doctorados o maestrías otorgarán automáticamente la mayor cantidad de puntos. Privilegia también a los médicos, científicos y otros profesionales extranjeros titulados, así como a quienes hablen fluidamente el inglés, en detrimento de los demás solicitantes.

”Nos estamos alejando de la tradición de reunificación familiar para ir hacia un sistema de puntuación que beneficia a los que menos motivos tendrían para emigrar”, se quejan los representantes de las organizaciones de inmigrantes.

“No hay nada de malo en que Estados Unidos les ponga una alfombra roja a las mentes mas brillantes del mundo. Y tampoco seria justo culpar a los graduados de universidades extranjeras por buscar una vida mejor, o mayores oportunidades profesionales en el primer mundo”, contesta en impúdico consenso la prensa corporativa estadounidense.

El robo de cerebros es una vergüenza para la humanidad porque acrece las desigualdades que están en la base de los principales problemas que la afectan. La captación por los países industrializados de los talentos más brillantes del mundo subdesarrollado obstaculiza el avance de éstos y, de tal manera, amplia la brecha que separa a países pobres y ricos.

Quienes en el Sur defienden la emigración de profesionales porque “mientras más educación tienen los migrantes, más dinero envían a casa” caen en una trampa.

Tal perspectiva, generada a partir de enfoques desde el Norte, tendrá que esclarecerse por científicos sociales con una óptica desde el Sur.

La productividad del trabajo calificado de estos inmigrantes -que enriquece a los dueños de los capitales contratantes- es riqueza extraída al desarrollo de sus países de origen. A nivel de las relaciones entre las naciones, en ello solo hay abuso, engaño, explotación. de ninguna manera ayuda al desarrollo.

El robo siempre es condenable, mucho más cuando se practica contra el porvenir de los pobres.

*Manuel E. Yepe Menéndez es abogado, economista y politólogo. Se desempeña como Profesor en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana.

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