¿Elecciones o danza de los millones en Estados Unidos?

Por Ángel Rodríguez Álvarez

A poco menos de 16 meses de las elecciones generales en Estados Unidos, la Comisión Electoral Federal acaba de rendir un informe muy curioso, pues a diferencia de cuanto pueda suponerse, solo trata del dinero recaudado por los aspirantes a las nominaciones presidenciales.

Según el documento, el senador demócrata Barak Obama marcha al frente con 59 millones de dólares, resultado de una agresiva campaña económica.

Su principal contrincante partidista, Hillary Clinton, también supera el medio centenar de millones con 52, y el tercero entre los demócratas, John Edwards, anda por la docena de millones. El republicano Mc Cain, por su parte cuenta con 25 millones.

Una sencilla operación aritmética nos deja saber, aún sin haber llegado a las primarias y no tener definidos los candidatos a la gerencia de la Casa Blanca, que lo recaudado por estos cuatro aspirantes asciende a 142 millones de dólares contantes y sonantes.

Evidentemente, toda la atención de la Comisión Electoral Federal está concentrada en el control de la espiral recaudadora.

Registros electorales, organización de los distritos y colegios, mecanismos para el conteo de los votos y otros muchos aspectos básicos tienen un carácter completamente secundario.

Tampoco tienen mucha importancia los asuntos programáticos, limitados, al parecer, a los mítines y a formar parte del montaje del show mediático en que han convertido los debates televisivos de los candidatos.

Después de todo, se comprende. La preocupación y ocupación por aumentar el dinero recaudado no dejan tiempo a los equipos de campaña,

y menos todavía a los titulares, para en torno a las probables soluciones de los abundantes y complejos asuntos que deben ser enmendados.

La costosa guerra en Iraq, los desatinos en la política migratoria, los desastrosos sistemas de salud y educación, el creciente desempleo en un país con 16 millones de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza, el descomunal presupuesto de guerra y el deterioro de los gastos sociales, el aumento del consumo de drogas y la violencia, varios etcéteras más, son asuntos suficientes para elaborar un atractivo programa de gobierno.

Pero no, eso que parece tan lógico, debe quedar subordinado al dinero, muy por encima a la necesaria voluntad política para gobernar con sensatez y sentido humanista.

Ese ordenamiento donde cada punto del asunto adquiera su justo lugar requiere un cambio total de las concepciones del sistema, y para ello, las fuerzas políticas y los intereses dominantes en la Unión están incapacitados.

El dinero es la enfermedad incurable del Imperio. Y de dinero, más tarde o más temprano, morirá. (AIN)

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