EE.UU: lamentable Congreso

Por Néstor Núñez

Luego de las elecciones parciales que dieron mayoría nuevamente a los demócratas en el legislativo norteamericano, no pocas personas estimaron que muchas cosas estaban por cambiar en el seno del imperio.

Sin embargo, la fachada de discusiones, desavenencias y altercados entre la Casa Blanca y los congresistas, no ha pasado hasta hoy de simples juegos. En el fondo sigue vigente aquella afirmación popular de que no hay nada más parecido en la política estadounidense que un republicano y un demócrata.

Y hay razones para pensar de esa manera. De hecho, el presidente George W. Bush, sobre quien pesa la mayor impopularidad conquistada por un mandatario en toda la historia nacional, sigue imponiendo sus criterios al legislativo, que se muestra incapaz de ejercer sus prerrogativas y cumplir con muchas de sus promesas electorales.

Con relación a la guerra en Iraq, la Casa Blanca logró finalmente nuevos fondos multimillonarios para continuar la agresión en Mesopotamia, al tiempo que remitió no menos de 20 mil nuevos soldados a la convulsa región. Mientras, el congreso no pudo siquiera lograr la promesa de un retiro gradual de militares de tan costoso y doloroso conflicto.

Pasarían los días, y W. Bush impondría nuevamente su voluntad, al dejar sin efecto un proyecto de ley para renovar la ayuda sanitaria a más de seis millones de niños pobres imposibilitados de clasificar en los programas públicos y privados existentes en los Estados Unidos en tan delicado terreno. Bush vetó además la incorporación de otros tres millones de pequeños a esa iniciativa puesta en marcha durante el gobierno de William Clinton.

Y por último, el más fresco de los dislates. La aprobación en el legislativo, hace apenas horas, de la potestad del gobierno de espiar e intervenir en el espacio privado de aquellos ciudadanos sospechosos de terroristas sin que medie acción legal alguna. Es decir, que la cacería de brujas en los Estados Unidos, ya llevada a cabo por la actual administración sin mayores explicaciones, recibe ahora la santificación de un Congreso que se supone en manos de la oposición.

¿Hay o no entonces razones para descontentos ciudadanos y para el descrédito de los que ganaron escaños al falso grito del cambio? (AIN)

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