La supuesta liberalización de Cuba

Pascual Serrano (Rebelión)
Los medios han recogido con alborozo la noticia de que los cubanos podrán comprar “libremente” aparatos electrodomésticos y alojarse en los hoteles del país, algo que hasta ahora no les estaba permitido. Por supuesto han recordado algunos críticos de la revolución cubana que los precios son prohibitivos. Comprar un aparato de DVD, una computadora o un televisor de más de 19 pulgadas será tan difícil para muchos cubanos como hasta ahora lo es para el habitante de un suburbio de Puerto Príncipe, un indígena chiapaneco, un campesino hondureño o un desempleado argentino. Lo que hasta hace unos días estaba prohibido por el Gobierno ha pasado a estar prohibido por el mercado. Es bueno que los cubanos conozcan que ésa es la libertad del capitalismo; ya han llegado a ella en lo referente a la compra de electrodomésticos. Porque han de saber que en la gran mayoría de los países de su entorno, fuera del socialismo, lo que se llama libertad es todo eso que se puede conseguir con dinero: libertad para viajar, libertad para alojarse en un hotel, libertad para comprar un automóvil, libertad para comprar espacio en un periódico, libertad para anunciarse como candidato a unas elecciones, libertad para elegir médico, libertad para llevar a sus hijos al colegio. Por eso dicen que se han “liberalizado” los frigoríficos y las televisiones en Cuba.

De Cuba se denuncian constantemente las prohibiciones gubernamentales, pero siempre se olvida que, en el capitalismo, el dinero convierte en prohibido que el camarero de una marisquería de Madrid pueda sentarse allí con su esposa alguna vez como cliente, o que el albañil de un residencia céntrica o de un apartamento en la playa pueda ser propietario de una vivienda como la que está construyendo.

No es que yo critique la medida gubernamental y esté en contra de que los cubanos puedan comprar todos esos aparatos o alojarse en un hotel, pero es evidente que lo que se celebra fuera como un “avance” de la revolución, una “apertura”, no lo es para el cubano de a pie. No es un avance porque el mercado no lo es. Lo que les está pasando ahora a los cubanos con los electrodomésticos –que les dejan comprarlos, aunque no pueden por no tener dinero– es lo que sucede en la mayoría de países capitalistas con la sanidad, la educación o las opciones electorales. De modo que cuando les propongan continuar con las “aperturas” y las “liberalizaciones”, ya pueden imaginar lo que les pueden estar preparando.

En Cuba las disfunciones del socialismo –la mayoría inevitables ante las condiciones externas y el mercado globalizado– han provocado que algunos cubanos, por numerosas razones (remesas familiares de fuera, paladares, cuentapropistas legales o alegales, profesionales relacionados con el turismo o con empresas e instituciones extranjeras, etc…), puedan haber accedido a importantes sumas de dinero que ahora podrán destinar a esos bienes de consumo. Hace unas semanas un estudiante le preguntaba a Ricardo Alarcón, presidente del Parlamento cubano, por qué si tenía mil dólares no podía viajar por ejemplo a Egipto, si el viaje costaba 400 dólares de ida y otros 400 de vuelta. Con su buena intención, esa ingenua pregunta estaba dejando en evidencia una mentalidad colonizada por el mercado. Si no hubiera actuado bajo el patrón ideológico capitalista, hubiera preguntado por qué un estudiante de historia del arte o un buen trabajador no puede ir de vacaciones a Egipto, independiente de que tenga o no los mil dólares. Efectivamente, quien proporciona la “libertad” para viajar de vacaciones a Egipto a quien tiene mil dólares es el capitalismo. A algunos hasta les asegura la “libertad” para ir todas las semanas si quisieran.

Quienes creemos en el socialismo también reivindicamos que los ciudadanos puedan viajar de vacaciones a Egipto, lo que nos diferencia del capitalismo es que no consideramos que la condición sea la de tener mil dólares, sino otras. Es verdad que en Cuba nadie puede viajar de vacaciones a países exóticos, porque en una sociedad justa nadie debería poder irse a hacer turismo a dos mil kilómetros mientras haya un niño que pase hambre o esté sin escolarizar. Y no seré yo quien diga que los cubanos no deberían tener derecho a viajar, tener un DVD o una televisión de grandes dimensiones. El director de Granma, Lázaro Barredo, lo ha explicado bien claro: “No es posible esperar a que se resuelvan más necesidades si no se trabaja más, si no se produce más”. Si en mi casa queremos tener otra silla para sentarnos tenemos dos opciones: o la fabricamos con nuestras manos o producimos algo para otro vecino que nos pueda ser intercambiado por dinero que nos permita ir al mercado a comprar la silla. En Cuba conviven dos tipos de monedas, el peso cubano y el peso convertible, creado a remolque de la divisa estadounidense, con un valor 25 veces mayor que el cubano. Si se desea que aumente el poder del peso cubano habrá que producir en casa más objetos para nuestro propio consumo (mejorar por ejemplo la producción agrícola) o para el consumo en nuestros países vecinos, a quienes se los vendamos a cambio de divisas con las que comprar a su vez productos que no fabricamos en casa y así abaratar su precio. Es decir, subir el valor del peso cubano con respecto al convertible.

Las medidas anunciadas de liberalización de la venta de electrodomésticos es sólo mercado, inevitable, pero mercado que sólo resuelve el deseo del adinerado. Para que los cubanos puedan acceder a esos productos es necesario un pueblo laborioso que aumente la producción y unos dirigentes inspirados en la equidad y la justicia social. No tengo ninguna duda de que las dos cosas las tiene Cuba, por eso estoy convencido de que, más pronto que tarde, esos productos y tantos otros de difícil acceso no serán sólo liberalizados, sino socializados, es decir, accesibles a la gran mayoría de los ciudadanos.

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